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El solar

El imperativo alemán rebaja la condición de un presidente de Gobierno a la de un gestor de grado medio

Publicado en El Periódico de Aragón el 12 de mayo de 2013


¿Qué será de España pasado mañana? ¿Qué quedará de su estructura? La confianza en la Monarquía se desploma; y no tanto por las andanzas de Urdangarin como por las actuaciones del propio Juan Carlos, quizá excesivamente confiado en sus blindajes constitucional y mediático. La Transición inventó las autonomías, concepto ambiguo y difuso, semirrealidad a mitad de camino que consigue no contentar a nadie, ni a centralistas ni a federalistas. Y no digamos a separatistas. Unos y otros lanzan ahora globos sonda mientras dan vueltas al árbol pensando de qué lado podrían caer más votos.
A su vez, la corrupción se filtra por los poros de las instituciones sin que nadie acierte a combatirla de verdad al tiempo que se nos vende que se trata de casos ocasionales y residuales. Seguimos instalados en la burbuja de la no-responsabilidad, del puede-que-sí-pero-yo-no, culpando a la piedra de los destrozos y no a la mano que la arroja.
Más claro resulta comprobar cómo la autonomía de España limita al exterior con la voluntad de Europa, esto es, de Alemania, rebajando la condición de un presidente de Gobierno a la de un gestor de grado medio, y evidenciando que los milagros no existen, al menos los materiales. Creímos que tener socios europeos era equipararnos y resultó que lo que nos habíamos echado encima eran amos.
Si la turboreforma constitucional del 2011 situó a lo acreedores por delante de los derechos ciudadanos, hoy Merkel aún pide más cesión de parcelas soberanas a los países con problemas. Y en España sobran: al 27% de paro (57% entre los jóvenes) se suma la enorme brecha de desigualdad entre la población (la que más ha crecido de Europa con la crisis), con un 27% en riesgo de exclusión, sin duda el peor de los dramas, una emergencia nacional y un reto prioritario, siempre que mantengamos que la democracia se basa en la igualdad de condiciones, claro.
Pero el PP vive en un mundo sin prisas. Arenas y demás voceros rubrican a Rajoy diciendo que los datos no son tan malos, otra prueba de que su patriotismo altivo nunca mira a los lados y menos detrás. Por eso no ven el solar que dejan a sus espaldas. Lleno de símbolos y vacío de personas.



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La mecedora

Hoy hace 195 años que nació Karl Marx, el primero en advertir del potencial destructor del capitalismo

Publicado en El Periódico de Aragón el 5 de mayo de 2013

La escena sucedió en Argenteuil (Francia), en casa de su hija Laura (según la versión de Canal Historia). Le quedaban apenas unos meses de vida cuando, agotado y decepcionado, pronunció ante su yerno Paul Lafarge una frase célebre: "Lo cierto es que yo no soy marxista". La deriva que habían tomado sus ideas llevó a Karl Marx a apartarse adrede de un movimiento que ya no reconocía y del que, al final de sus días, no se sentía responsable. Y eso que no alcanzó a ver cómo sus teorías aún se trasformarían en recetas dogmáticas y totalitarias que si algo no tuvieron en cuenta fue a la clase trabajadora. La implacable URSS de Stalin y otros países del Este son los mejores ejemplos.
Han pasado los años y el coautor junto a su íntimo amigo Engels del Manifiesto comunista --quizá el tercer libro más leído por la humanidad-- sigue sin tener buena prensa. Hacer una defensa de su figura es un ejercicio periodístico de riesgo. Pero ahora que los analistas se empujan unos a otros en un callejón sin salida, no está de más recordar en un día como hoy, cuando se cumplen 195 años de su nacimiento, que Marx fue el primero en advertir del potencial destructor del capitalismo. Entre otras muchas cosas, fue un adelantado a su tiempo que acertó cuando predijo la explosión de la globalización y sus consecuencias.
De hecho, estos últimos años de crisis sin fin han servido para que su reputación remontara unos cuantos escalones. El escritor Tristram Hunt ha recopilado algunos ejemplos: en otoño del 2008 Times recordó su figura bajo un titular mayúsculo: "Ha vuelto"; el analista británico Meghnad Desai habla de "la venganza de Marx" en un documento que se ha convertido en un tratado de referencia, y hasta New York Times ha admitido que los plateamientos del filósofo "vuelven a cotizar en bolsa". Incluso Joseph Ratzinger elogió su "capacidad analítica" siendo todavía Papa.
Con todo, es evidente que Marx está condenado a un juicio sumarísimo eterno, algo que está por ver que ocurra con los auténticos responsables de habernos traído hasta aquí. Gente como Merkel y sus palmeros a los que seguro nunca veremos en una mecedora confesando: "Lo cierto es que yo no soy capitalista".

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Fe ciega

En adelante no todos podremos aspirar a vivir bien. Será algo reservado solo para los ganadores

Publicado en El Periódico de Aragón el 28 de abril de 2013

Una buena metáfora ayuda a comprender una situación demasiado abstracta o compleja. Una regular puede confundir. Pero una mala puede ser fatal. Y un cambio estructural como el que estamos viviendo no es una crisis temporal, un mal sueño, una enfermedad inoportuna propia de esos virus cíclicos que coge el sistema pero que tienen final feliz. De Guindos y sobre todo Montoro no se cansan de vocear (no explicar) nuestra inminente recuperación económica dando plazos tan arbitrarios como el lugar exacto del palo donde nos colocan, cada vez, la zanahoria.
Mientras, el FMI, que maneja datos propios, calcula que la crisis de la deuda puede prolongarse diez años. Y otros, como el profesor de la Universidad de Málaga Alberto Montero, inciden en que con las políticas actuales no se podrá salir de la crisis ni fortalecer a ningún sector en concreto.
Hoy el poder no se nutre de la Razón. Ya explicaron en su día Buckey y Bristol, dos de los padres del movimiento neoconservador estadounidense, que el libre mercado era un concepto vacío de intención política. Antes las personas contábamos, al menos, como consumidores. Ahora ni eso. El capital financiero es especulativo, depredador por definición, y jamás se ocupa de los perdedores. Solo explota la necesidad, incluso en mercados de alimentos y de futuro, y rebaña el resto sin piedad.
El mundo ya no es razonable. Argumentos y explicaciones son piedras en su camino que hay que vadear. Lo vemos a diario. Rajoy evita verbalizar la palabra Bárcenas como si fuera un fatal ábrete sésamo que dejara al descubierto un vergonzoso botín. Y las uñas de Cospedal se obstinan en liar madejas para que nadie, tirando del hilo, pueda llegar hasta el final.
La austeridad no es explicable ni es una cura. El "austericidio" (José Carlos Díez dixit) es un plan completo para desmantelar las conquistas de la socialdemocracia. En adelante no todos podremos aspirar a vivir bien. Será un exceso. El virtuosismo luterano de Merkel es solo para ganadores. Para los demás, la fe ciega, sin más. Nos piden que cerremos los ojos mientras nos despeñamos por el precipicio. Y esta vez no es una metáfora. Es la puta realidad.

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Erre que erre

El truco de la austeridad ya no oculta que el auténtico objetivo es demoler el Estado del bienestar que aún queda en pie

Publicado en El Periódico de Aragón el 21 de abril de 2013

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha alertado sobre la posibilidad de que la crisis financiera se haga crónica si no se cambia el modo de abordarla. Pero la Europa de Merkel se hace la escéptica y sigue a lo suyo con la tozudez de un martillo pilón. Erre que erre. Aunque ya no nos engañan. La austeridad ya no puede ocultar que de lo que se trata en realidad es de la demolición (y privatización) del Estado del bienestar, y al fondo, como premio final, de la Democracia tal y como aún la conocemos o, al menos, su esencia ciudadana.
Todo esto es más que evidente en los países más exigidos, los del sur, que respiran por sus heridas. Así ocurre en Grecia, que ha necesitado de un presidente no electo, Papademos, y dos elecciones generales para sentirse medianamente estable, es decir, sumisa a Bruselas. O a Berlín. Conviene recordar que ya entró en el euro gracias a que Godmann Sachs les enseñó a falsear sus cuentas. Mario Draghi, ahora director del BCE, era entonces el vicepresidente para Europa.
Pero si las elecciones libres son una condición indispensable de la Democracia, la otra es que el Estado de derecho esté garantizado. Portugal conquistó el suyo mediante la llamada Revolución de los Claveles, que el jueves cumplirá 39 años. Recientemente, su Tribunal Constitucional consideró ilegal alguno de los recortes infligidos, lo que al final no será más que una anécdota para la troika que dirige sus cuentas y su destino.
Pero es Italia ahora el escenario y el espejo. Porque ya vivieron la corrupción y la desaparición de sus partidos tradicionales en 1994. Y porque los últimos resultados suponen un verdadero reto con una sola salida que no colapse: mejorar la democracia reavivando "la participación democrática" para recuperar "legitimidad". Será el país de la extravagancia, pero también de la imaginación. Y del realismo. Su futuro inmediato se antoja como una señal para todos, más allá de tecnócratas, troikas o eurogrupos.
Mientras tanto, en España, el injerto que fue la Transición se seca irremisiblemente, la planta original resurge y Mariano Rajoy, desde su plasma, sin preguntas y sin recursos, insiste con la cantinela de que no ha hecho lo que quería porque la realidad le ha ganado el pulso. Erre que erre.

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El castillo

El penúltimo milagro español consiste en entender cómo es posible que aún exista paz social

Publicado en El Periódico de Aragón el 14 de abril de2013

El penúltimo milagro español --en este país todavía se cree en ellos-- consiste en entender cómo es posible que aún exista paz social pese al explosivo cóctel en el que estamos inmersos: disparatados datos económicos --especialmente los de desempleo-- acompañados de un vergonzante festival de la corrupción. Mientras la prensa extranjera, que tiene una mayor perspectiva, lo recoge sin dejar de sorprenderse, aquí nos miramos los unos a los otros con las cejas arqueadas. Según el CIS, la corrupción política es ya el segundo motivo de preocupación para el pueblo. Sin embargo, la indignación que despierta tiene una connotación diferente. Propia y patria. Quizá esperando --siempre esperando-- a que alguien llegue con la solución, vivimos a caballo entre la perplejidad y la resignación sin saber si lo nuestro es una fatalidad, un pecado o si de verdad tenemos algo que decir.
Con la putrefacción campando por instituciones y partidos, uno puede elegir cada día frente a la tele contra quién se desahoga. Pero como no se trata de una ficción o de un reality, no son tolerables actitudes como la del abogado José Manuel Otero Lastres, que se atreve a decir que lo de Luis Bárcenas "no es una crisis real", sino "mediática". Claro que, tras quince meses, Iñaki Urdangarin, alguien que bien podría estar sin pasaporte, se dispone a largarse a Catar por puente de plata (y oro).
En los casos en que la indignación sí logra canalizarse es donde nos enteramos de que hay Gobierno (además de un tipo que reparte hostias como panes en Canarias, claro). Si algo ha aprendido el PP con el 15-M es cómo criminalizar la calle: Cospedal opta por una comparación con el "nazismo puro"; la gobernadora Cifuentes, con esa osadía distorsionadora propia del exceso de ambición, prefiere poner las protestas a la altura de ETA; el sombrío hombre que heredó Madrid, Ignacio González, pide límites para la prensa; y González Pons, el mejor bombero de su partido, y que, como el amianto, es tan ignífugo como tóxico, culpa de la corrupción a la crisis. Y, mientras, Rajoy, a quien no le consta la brecha de la desigualdad, blinda su éxito en una palabra: "aguantar" (un desafío rupturista catalán, dos huelgas generales... Lo que le echen). Como si la política fuera solo un castillo medieval.


 
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